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El biólogo de la Revolución. Ensayo biográfico sobre Isaac Ochoterena (fragmento) | Texto de Jorge Comensal

Compartimos un fragmento del ensayo biográfico que Jorge Comensal dedicó a Isaac Ochoterena —el último naturalista, creador de la biología mexicana moderna y miembro fundador de El Colegio Nacional—. El libro se analizará en el Club de Lectura 'Leo con el Once', que se llevará a cabo el próximo sábado 27 de junio, a las 17 horas en la sede de dicha institución (Donceles 104, Centro Histórico, CDMX).

  • Redacción AN / MDS
21 Jun, 2026 02:01
El biólogo de la Revolución. Ensayo biográfico sobre Isaac Ochoterena (fragmento) | Texto de Jorge Comensal
Imagen: El Colegio Nacional

Por Jorge Comensal / El Colegio Nacional*

Desconocemos la fecha exacta en la que Pancho Villa le perdonó la vida a Isaac Ochoterena. Debe de haber ocurrido en el otoño de 1913, cuando la División del Norte ocupó la fértil Comarca Lagunera, región donde Ochoterena trabajaba como maestro e inspector escolar del estado de Durango. De acuerdo con la cronología oficial, el profesor poblano tenía veintiocho años en ese momento, aunque en realidad contaba, como demostraremos más adelante, con un lustro más de existencia. Tenía, por lo tanto, treinta y tres años: la peligrosa “edad de Cristo”. 

El no tan joven Ochoterena viajaba en ferrocarril con un grupo de funcionarios del gobierno estatal. En un paraje desértico, las tropas de la División interceptaron el tren, bajaron a los pasajeros y tomaron cautivos a los que tenían pinta de ser “federales”. Los divisionarios liderados por Villa acababan de tomar la ciudad de Torreón y esperaban el contraataque del ejército de Victoriano Huerta. Además de provisiones para sus enemigos, en aquellos vagones probablemente había soldados disfrazados de civiles. El Centauro del Norte ordenó formar a los sospechosos junto a las vías. Después de interrogarlos, los condenó a muerte. Fusilaron a todos, menos uno. 

A Isaac Ochoterena le gustaba contar este episodio, que gracias al testimonio de su sobrino Héctor quedó plasmado en la biografía “de este personaje atlixquense de fama internacional” escrita por Cecilia Cabrera y Ana Cecilia Campos Cabrera. Las autoras, atlixquenses como el biografiado, refieren la anécdota revolucionaria en primera persona, como si el mismo Ochoterena la estuviera narrando: 

Yendo en tren hacia el norte fuimos detenidos por las tropas de Villa y al ser presentados ante éste, le dijeron: ¿Qué hacemos con estos… y con este rotito que dice ser profesor? Villa contundente ordenó: a éstos ¡fusílenlos! y a este rotito que dice ser profesor ¡libérenlo!, porque gentes como él necesita la patria.

Aunque se sabe que Villa apreciaba el papel benéfico y modernizador de la educación, la escena suena demasiado ejemplar para ser cierta. Tal vez exoneró al “rotito” simplemente porque le pareció inofensivo. Bronceado y polvoriento, con la ropa percudida por andar entre piedras y matorrales en busca de cactáceas, el profesor no tenía aspecto de militar ni de catrín. De hecho, era el antónimo corporal de Pancho Villa: éste era chaparro y regordete, de anatomía simpática; aquél era delgado y anguloso, con la mirada esquiva de los introvertidos. Muchos años después de este encuentro cercano con la muerte, Ochoterena nos ofreció otro rasgo para imaginar su timidez: “mi apagada voz se percibe mejor a una distancia moderada”. 

Así pretendo retratarlo en este libro: sin fervor ni indiferencia, a una distancia moderada. Es significativo que a Ochoterena le gustara narrar este episodio, pues ilustra esa mezcla de brutalidad e idealismo que caracterizó al Centauro del Norte y a la Revolución mexicana en general. No es descabellado suponer que Ochoterena identificaba su destino de esa forma patriótica: participando, con pizarrones, libros y microscopios, en la lucha por el México de la Revolución.

Foto: El Colegio Nacional

Una biología de la Revolución 

En Atlixco, su pueblo natal, Ochoterena es recordado como el “creador de la biología mexicana moderna”, pero en el resto del país su nombre se desconoce por completo o se identifica con una de las escuelas preparatorias en donde se iniciaron los conflictos estudiantiles de 1968. Entre los biólogos, el recuerdo de Ochoterena es tenue y no siempre favorable; suele recordársele como un naturalista trasnochado que, luego de derrocar a Alfonso L. Herrera, su ilustre antecesor, impidió la modernización del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que dirigió durante diecisiete años. Mi lectura de esta polémica historia es muy distinta y, aunque no pretendo beatificarlo, sí creo que Ochoterena fue un hombre digno de su época: el México emanado de la Revolución. 

John Womack Jr. comienza su libro clásico sobre el zapatismo diciendo: “Éste es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por ello mismo, hicieron una revolución”. Algunos opinan que la biología liderada por Ochoterena también tuvo un carácter reaccionario, afianzado de forma conservadora en la historia natural del siglo XIX. Sin embargo, un repaso atento de las circunstancias revela que Ochoterena no se opuso al progreso, sino que debió buscarlo dentro de los márgenes de una ciencia “revolucionaria”, financiada exclusivamente por el Estado, con una orientación popular y nacionalista, lo cual implicaba dosis equivalentes de utilitarismo social y antinorteamericanismo ideológico. Así como hoy en día se discute sobre la existencia, efectos y características de la llamada “ciencia neoliberal”, en tiempos de Ochoterena se estableció una ciencia basada en los principios del nacionalismo revolucionario.

[…]

A lo largo de este ensayo veremos cómo Isaac Ochoterena pone en práctica estas actitudes esenciales del nacionalismo revolucionario en el ámbito de la biología mexicana, que transformó en una ciencia pública, nacionalista y popular: pública porque fue enteramente administrada por el Estado; nacionalista por el énfasis en temas de interés patrio, como la utilidad de la flora autóctona y el perfil fisiológico del mexicano, y popular por la orientación práctica al servicio de la población.

[…]

Los años ocultos

Brevísima semblanza celular

[…]

Isaac Ochoterena fue el resultado de la reunión de dos células diversas: un espermatozoide de Pedro Ochoterena y un óvulo de Virginia Mendieta. La fecundación ocurrió a finales de febrero de 1880 y la gestación concluyó el 28 de noviembre del mismo año. A lo largo de setenta años, billones de células descendientes de aquel cigoto realizaron, en coordinación homeostática, las funciones propias de la materia viva: nutrirse, metabolizar y replicarse. Hacia 1945, una de esas células comenzó a multiplicarse de forma desordenada, cancerosa, y los tumores resultantes condujeron al colapso del organismo el 11 de abril de 1950. En este capítulo abordaremos los primeros veintiséis años de su vida.

Registro Civil de Atlixco. Una rosticería de papel 

En una desangelada plaza comercial, rodeado de restaurantes de comida chatarra, tiendas y bancos, se encuentra el Archivo Histórico del Registro Civil de Atlixco de las Flores, población fundada en el siglo XVI en un valle muy fértil y templado al suroeste de Puebla. El local rentado para el Archivo se divide en varias oficinas y una covacha húmeda y mal iluminada, atestada de libros desordenados en anaqueles metálicos y cajas de cartón apiladas. 

Armado de guantes, paciencia y tapabocas, me dispuse a buscar ahí el acta de nacimiento de Isaac Ochoterena con la esperanza de averiguar datos secundarios sobre su familia. Por suerte no se requería formación paleográfica para descifrar los documentos: la caligrafía de las actas era legible y elegante, cursiva y afilada, con una inclinación tan uniforme que las páginas parecían un monótono aguacero de tinta color sepia. 

Como todas las biografías indicaban que Ochoterena había nacido en 1885, procedí lógicamente a revisar los nacimientos registrados en noviembre de aquel año. Al no encontrarlo reparé en un detalle: si Ochoterena había nacido en el antepenúltimo día de ese mes, seguramente lo habían registrado después, en diciembre o enero del siguiente año. Nada. Tal vez febrero, o marzo, abril, mayo, ¿junio, julio, agosto? No. ¿Sus desidiosos padres se tardaron un año en registrar al niño? No. ¿Lo habrían llevado al registro civil hasta 1887? Tampoco. ¿1888? Menos. ¿Lo habrían registrado en Puebla? No era plausible, considerando que Pedro Ochoterena era escribano de Atlixco y no tenía familia en la capital del estado.

 

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* El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.

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