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Malvinas o Falklands: el conflicto interminable | Especial Connectas

Al poner en duda su apoyo a Reino Unido en la pelea con Argentina por la soberanía de este territorio, Trump reafirma su intención de convertir al continente americano en su zona exclusiva de influencia. ¿Qué tanto tienen en común Groenlandia, Panamá y esas islas remotas en el Atlántico Sur?

  • Redacción AN / AG
16 Sep, 2026 16:10
Malvinas o Falklands: el conflicto interminable  | Especial Connectas

Por Leonardo Oliva | CONNECTAS*

“Does anyone speak Spanish? —pregunta.

—Yo —contesta uno—. Soy argentino. Carlos Tregase, trabajo despachando el combustible de YPF para los isleños.

—Mucho gusto, Tregase, soy el mayor Benfídez, por favor, traduzca mis palabras.

Benfídez es amable y directo. Con la ayuda de Carlos, anuncia lo que ya escucharon por radio. Dice que las autoridades británicas han sido depuestas y que las Malvinas están ahora bajo el mando de los militares argentinos. Hasta nuevo aviso, sigue, no pueden salir de la casa bajo riesgo de ser arrestados.”

 

La guerra de las Malvinas ha sido materia literaria desde el mismo momento en el que argentinos y británicos dejaron de combatir el 14 de junio de 1982 en ese remoto sitio del Atlántico Sur. El fragmento citado corresponde a un nuevo libro que aborda el conflicto, la novela “Puerto Stanley” de Nicolás Cassese, que relata aquella guerra desde la óptica de los habitantes de las islas.

Cassese, periodista del diario La Nación, estuvo tres veces en Malvinas, donde las llaman “Falklands” y los argentinos no son bienvenidos. “Siempre somos una amenaza para ellos”, reconoce en diálogo con CONNECTAS. El Reino Unido se apropió de estas islas deshabitadas en 1833 y las pobló de unos pocos colonos británicos. Pero solo 150 años después, en 1982, explotó el rechazo de los isleños hacia su vecino del este, al que hoy consideran un “invasor”. Los argentinos, en tanto, sostienen que los kelpers son “una población implantada en un territorio usurpado”.

Aunque el conflicto nunca se ha resuelto, ahora tomó nuevo impulso gracias a Donald Trump, que declaró que su país podría revisar su histórica neutralidad en la disputa. El mensaje se interpretó como un misil teledirigido al gobierno laborista británico, que le negó el apoyo en su guerra contra Irán y tampoco atiende la exigencia trumpista de aumentar al 5% del PIB su gasto en defensa, en el marco de la OTAN.

Trump aprovecha este conflicto entre posiciones irreconciliables para presionar al gobierno de Gran Bretaña con un golpe bajo, teniendo en cuenta que Estados Unidos apoyó militarmente  a su histórico aliado en la guerra de 1982. Pero ahora es Argentina, en cabeza  de Javier Milei, quien aparece como más cercana a Washington. En ese contexto, el asunto a Trump le cayó como anillo al dedo: castiga políticamente al Reino Unido y favorece a su aliado argentino mientras pone bajo su radar al Atlántico Sur, así como hizo antes con otros sitios geopolíticamente estratégicos del continente, como el Canal de Panamá y Groenlandia.

“Creo que hay algo de sustantivo en la actitud de Trump que puede estar reflejando una visión del Pentágono, de sectores en el Departamento de Guerra, que han revalorizado el Atlántico Sur frente a la posibilidad de un conflicto con China y frente a la creciente importancia de la Antártida”, analiza Luis Schenoni, politólogo argentino del University College de Londres (UCL). Agrega que Washington también ha dejado de confiar en el Reino Unido como garante de la  seguridad en estos puntos estratégicos, aunque admite también que Trump utiliza políticamente el conflicto y que sus declaraciones “no pueden tomarse en serio”.

Con esta visión coincide su colega Paula Astroza, de la Universidad de Concepción, Chile. Ella minimiza la ventaja que puede obtener Milei de esta avanzada del republicano, porque Trump “en ningún momento ha dicho que va a reconocer la soberanía de Argentina en las Malvinas”.

Astroza prefiere mirar todo desde el enfrentamiento de Estados Unidos con Irán y la encerrona petrolera en el estrecho de Ormuz. Y como en las Malvinas una empresa israelí tiene en marcha un plan para extraer petróleo, la experta chilena dice que esto hace que vaya cobrando cada vez mayor importancia el Atlántico Sur y, particularmente, la Antártida con sus valiosos recursos naturales.

“Cuando Trump establece que América está bajo su influencia, que somos su patio trasero, no creo que acabe en el estrecho de Magallanes o en el Mar de Drake; yo creo que está mirando más hacia abajo” (la Antártida). Astroza la compara con el Ártico, que fue un área geopolítica clave para Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Hoy, ese rol podría cumplirlo el continente blanco bajo el nuevo enfrentamiento entre superpotencias: Estados Unidos y China.

 

La guerra congelada

El gobierno de Milei celebró la imprevista ayuda que le lanzó su amigo estadounidense. “Malvinas es una causa nacional” que “hoy enfrenta un peligro claro y urgente. Y demanda una respuesta proporcional”, dijo el mandatario. El primer ministro británico, Andy Burnham, no tardó en responder con el discurso habitual: “Siempre vamos a respetar los deseos de los isleños a elegir ser británicos. Vamos a ser implacables en defender eso”.

La retórica belicista de ambos se basa más en urgencias políticas que en posibilidades reales de reeditar la guerra de hace 46 años, en la que murieron 649 combatientes argentinos, 255 británicos y tres isleños. Pese a esto, de visita en Irlanda, Trump volvió a agitar el avispero en los últimos días: “Estoy seguro de que me llamarán para intervenir en ese potencial desastre”, respondió cuando la prensa le preguntó sobre un hipotético nuevo conflicto en las Malvinas.

Situadas en el gélido Atlántico Sur, las Malvinas están a 460 kilómetros del punto más cercano del territorio continental argentino, mientras del Reino Unido las separan más de 12 mil kilómetros. Allí viven 3.800 habitantes en dos islas de 11.400 kilómetros cuadrados, la mitad de la superficie de El Salvador, el país más pequeño de América.

Para el Comité Especial de Descolonización de la ONU, son un “territorio no autónomo” sujeto a un debate continuo. “Parte del problema es que Argentina y Reino Unido defienden su postura sobre bases radicalmente distintas”, explica Adrian Pierce, experto en Historia Latinoamericana y Española del UCL.

El historiador inglés dice que Argentina defiende el principio uti possidetis iuris de 1810, que reconoce para los países descolonizados las fronteras que tenían en ese año las antiguas colonias. En ese sentido, el país austral sería el primer poseedor de las islas porque las heredó de España. Por su parte, el Reino Unido se respalda principalmente en el derecho de autodeterminación de los pueblos, que en el caso de los isleños es el de ser británicos.

Petróleo y bases militares

En este contexto hay que leer también el repentino “malvinismo” de Milei, que hasta no hace mucho ni mencionaba a las islas en sus discursos y que hasta llegó a elogiar a Margaret Thatcher, la primera ministra británica que ordenó recuperar las “Falklands” de manos argentinas en 1982.

Ahora, además de imponer sanciones a las empresas que participen de la explotación petrolera en las Malvinas, el presidente argentino anunció que reactivará una base naval en el extremo sur del país, cuyas obras están paralizadas hace cuatro años. Justo allá, en Tierra del Fuego, el punto más austral del continente, donde tanto Washington como Beijing han puesto sus ojos.

Pierce explica que siempre se ha visto a las Malvinas como la “llave” del Estrecho de Magallanes (bajo soberanía chilena), así como al Pasaje de Drake y a todo lo que hay al sur del Cabo de Hornos, donde se unen los océanos Atlántico y Pacífico. Entonces, la necesidad de establecer bases militares en la zona resulta crucial en los términos de la nueva geopolítica mundial.

Sin embargo, el historiador inglés le quita importancia a la necesidad de tener presencia militar en la zona: “Antes de 1982, durante un siglo y medio los británicos nunca habían establecido una base en Malvinas. Su importancia estratégica como punto de control del estrecho de Magallanes parece más ilusoria que otra cosa. Porque el poderío militar actual no depende necesariamente de bases físicas y mucho menos en una zona como el Atlántico Sur”.

En ese mismo sentido, Cassese recuerda que, como Milei, todos los presidentes argentinos después de 1982 han utilizado en algún momento la cuestión Malvinas como una forma de unificar políticamente al país. Eso no le quita legitimidad al reclamo de soberanía: en sus viajes a las islas, el periodista comprobó in situ que este remoto, inhóspito y helado territorio en disputa con Gran Bretaña es, en términos topográficos, un pedazo de la Patagonia argentina. “Malvinas era parte de un mismo sistema económico y cultural: el frío, el viento, las ovejas, la inmigración inglesa, la iglesia anglicana…”, dice. Eso sí: a diferencia de poblaciones del continente como Río Gallegos, Ushuaia o Rawson, en Puerto Stanley se habla en inglés y ondea la Union Jack, la bandera británica, desde hace 193 años.

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