Colgar los anzuelos: los pescadores que impulsan un refugio de tiburones en México | Mongabay
Desde julio de 2022, la cooperativa Kab Xok –Mundo Tiburón, en maya– redujo la pesca dirigida de escualos en un 80 %.

Por Patricio Medina Herrero
Los tiburones existieron en el mar antes de que los árboles existieran en la tierra. Sobrevivieron cinco extinciones masivas y moldearon los océanos durante 450 millones de años. Llegaron hasta este momento casi intactos. Casi. Hoy, tres cuartas partes de sus especies están amenazadas a nivel global y noventa se consideran en Peligro Crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). México es uno de los países con mayor diversidad de elasmobranquios —tiburones, rayas y quimeras— del mundo, con 209 especies registradas en sus aguas, 70 de las cuales enfrentan algún grado de amenaza. La causa es la misma: la sobrepesca –legal e ilegal– para el mercado de aletas, hígado y carne.
En una pequeña isla del Caribe mexicano, un grupo de pescadores que por generaciones vivió de la pesca legal de tiburón decidió cambiar el rumbo: colgar los anzuelos y convertirse en “maestros del mar”. Así los bautizó la célebre oceanógrafa Silvia Earle. Liderados por Raziel Rivero, presidente de la cooperativa Kab Xok –nombre maya que significa Mundo Tiburón–, los pescadores se han volcado al ecoturismo y se han aliado con la organización Saving Our Sharks (SOS) para crear el primer refugio de tiburones y rayas impulsado por pescadores en México. Es un proyecto pionero de conservación marina y ciencia ciudadana en la región.
Mientras en el mundo 11 000 tiburones son capturados cada hora y algunas poblaciones han caído hasta un 90 % en apenas dos décadas, Isla Mujeres ofrece un giro esperanzador. Las mismas personas que antes proveían el 70 % de la captura de tiburón del estado —en el orden de los 2500 ejemplares al año— hoy vigilan contra la pesca furtiva, participan en investigaciones científicas y guían turistas para nadar junto a los escualos. SOS estima que solo en 2023 se salvaron más de 20 000 tiburones que habrían terminado como empanadas o en sopa de aleta. A su vez, el trabajo de reconversión hacia el ecoturismo ha logrado una disminución en la extracción de tiburón en la región, y desde que cesó la captura por parte de la cooperativa, los avistamientos de escualos en zonas del Caribe donde antes escaseaban se han multiplicado.
El refugio, en vías de formalizarse, busca proteger al Sistema Arrecifal Mesoamericano, la segunda barrera de coral más grande del planeta, donde tiburones y rayas son clave en el equilibrio ecológico. Estos depredadores regulan las redes tróficas y así ayudan a mantener arrecifes, pastos marinos y manglares en equilibrio. A su vez, los ecosistemas marino-costeros almacenan grandes cantidades de carbono azul, protegen la costa contra huracanes y sostienen comunidades; cuando colapsan, se pierde biodiversidad y también capacidad de adaptación climática.
Lo que sueñan los tiburones
Alberto “Beto” Friscione es un gigante del buceo y vocero del mundo marino. Empezó a bucear hace más de 50 años y es pionero en el movimiento por la dignificación y protección de los tiburones. Bajo la tutela del aclamado oceanólogo Ramón Bravo, exploró la “Cueva de los tiburones dormidos” e incluso conoció a Jacques Cousteau. Su figura es historia de los mares mexicanos. Su trayectoria lo llevó a bucear con presidentes como Ernesto Zedillo y Felipe Calderón, fomentando el amor por el mar en las más altas esferas de la política mexicana. Pero Alberto Friscione no siempre fue conservacionista. Antes de llegar aquí, como muchas otras personas, le tuvo un profundo miedo a los tiburones. “Hay un miedo muy primitivo hacia el mar. Y el tiburón es el corazón de ese miedo, lo que ha llevado a que no se les proteja adecuadamente”, relata.
“Durante mi infancia en Veracruz entraba al mar temiendo ser devorado, pero la realidad es que jamás me encontré con uno.” No fue hasta que experimentó el contacto visual con estos animales que los conoció de verdad. «Mi primer encuentro con un tiburón fue en el Caribe, en Isla Mujeres. Era una hembra de [tiburón] martillo enorme. Vino nadando pausadamente, despacito, viéndome de lado, me dio una vuelta y desapareció. Yo decía: ‘No puede ser, ¿dónde está aquel bicho maléfico que está esperando que yo caiga al agua para comerme?’ Todo eso era falso. Empiezo a develarme, empiezo a ver y me voy encontrando con un animal majestuoso, tímido —muy tímido— y además sumamente inteligente, que no ataca a la gente.”
Friscione fundó SOS con un sueño: lograr que Quintana Roo se vuelva un santuario de tiburones. Para lograrlo, gestionó ante el entonces presidente Felipe Calderón el establecimiento de una veda de tiburón, una medida que los pescadores rechazaron de frente. Un día, mientras Friscione guiaba a un grupo de turistas a observar la migración anual del tiburón ballena (Rhincodon typus) por Isla Mujeres, pescadores de la zona lo sacaron del agua por la fuerza. “Si tú nos vas a matar de hambre, nosotros también te vamos a matar de hambre”, le advirtieron.
De tiburoneros a maestros del mar
Según el Plan de Acción Nacional para el Manejo y Conservación de Tiburones, Rayas y Especies Afines, entre las principales especies capturadas en la región se encuentran el cazón de ley (Rhizoprionodon terraenovae), el toro (Carcharhinus leucas), el martillo (Sphyrna lewini) y el sedoso (Carcharhinus falciformis), además de rayas como la balá (Hypanus americanus) y la pinta o águila (Aetobatus narinari), entre otras especies. En su mayoría se aprovecha la carne para consumo en platillos típicos como las empanadas y el pan de cazón —se considera cazón a cualquier tiburón menor a 1.5 metros—, como sustituto de pescado en antojitos populares e incluso del bacalao en Navidad o para consumo como sopa de aleta en el continente asiático.
Para pagar sus estudios de veterinaria, Alberto Friscione recurrió a la pesca. “Me gustaba cazar con arpón y maté a un tiburón. Con los tres pesos que me dieron por su venta cayó un telón en mi vida. Ese día dije: “No vuelvo a matar nada”. Fue como un rayo divino”, recuerda. Un kilo de carne de tiburón hoy vale aproximadamente 20 pesos mexicanos (poco más de un dólar). De esa experiencia nació una convicción que regiría los esfuerzos de conservación de elasmobranquios en la región: un tiburón vale más vivo que muerto. El desafío era convencer de eso a quienes viven de sacarlos del agua.
«Hace muchos años, don Beto Friscione nos invitó, a través del doctor Jaime González Cano a hacer una actividad de buceo con tiburones toro en Playa del Carmen. Nosotros habíamos tenido roces con don Beto porque en aquél entonces él tenía un enfoque conservacionista que no tomaba en cuenta a las personas dedicadas a la pesca. Pero al presentarse de otra manera, por supuesto que tuvimos la apertura de ver qué podría pasar», recuerda Raziel Rivero, presidente de la cooperativa Kab Xok.
La comunidad de Isla Mujeres mantiene viva la historia de la pesca en la región, un oficio que han heredado por generaciones. Organizados en cooperativas pesqueras como Patria y Progreso, históricamente han aportado más del 70 % de la captura de tiburón en Quintana Roo, con unos 2500 ejemplares al año. Presentar la transformación fue, en palabras de Rivero, “como intentar domar a un perro salvaje”: hubo fuerte oposición por parte de algunos pescadores arraigados al oficio que los sustenta. “Ha sido un proceso largo, el descifrar cómo hacerle ver a los compañeros que aquí podría haber algo que en un futuro sea mucho más benéfico para nosotros y para los que se quedan”, explica.
Con el tiempo, fueron los mismos pescadores quienes reconocieron que las poblaciones de tiburones y rayas han disminuido en el Caribe mexicano. Diversos estudios científicos apuntan a una reducción del 90 % para algunas poblaciones desde 1970. Fue así como en julio de 2022, parte de los pescadores que integran la cooperativa Patria y Progreso decidieron formar la cooperativa Kab Xok –”Mundo Tiburón”, en maya–. Desde entonces, han reducido la pesca dirigida a estos animales en un 80 % y navegan hacia una nueva forma de relacionarse con el mar. Liderados por Rivero y con el apoyo de SOS, el proyecto ya incorporó a 32 familias, cuyos miembros ahora guían turistas a nadar con los escualos, registran avistamientos y participan en esfuerzos de ciencia ciudadana.
Los pescadores viven vidas curtidas por la sal y orientadas por los ritmos del mar. Un cambio de oficio no es fácil para quienes la pesca de tiburón sostiene su historia, economía familiar y en cierta medida, identidad cultural. Por lo mismo, hablan el idioma del mar mejor que nadie. Para Raziel Rivero, eso es justo lo que hace posible la alianza. Los pescadores proveen su conocimiento náutico para localizar a los escualos, mientras que SOS brinda formación en idiomas para que puedan relacionarse con los visitantes, administración del negocio turístico y normatividad ambiental.
En el ámbito científico, SOS coordina la logística con las instituciones y los pescadores participan directamente en la captura y etiquetado de los ejemplares para rastrear sus rutas migratorias. En la primera campaña de marcaje, realizada en abril de 2023, se capturaron 21 tiburones y se marcaron 13 individuos de especies prioritarias como el martillo gigante (Sphyrna mokarran) y el tiburón tigre (Galeocerdo cuvier). Utilizando dispositivos de telemetría acústica y marcadores satelitales, algunos de estos individuos han sido detectados en aguas tan lejanas como Florida y Nicaragua, aportando al conocimiento de las rutas migratorias de estos importantes animales.
En materia de conservación, los resultados son tangibles. Solo en 2023, SOS estima que se salvaron más de 20 000 ejemplares. Esa cifra también deriva de la suspensión de venta de tiburón en cadenas hoteleras, acuerdos con supermercados y las crías que logran nacer gracias al programa de protección de áreas de gestación en Playa del Carmen, explica Luis Lombardo, director operativo de SOS.
Además, los miembros de la cooperativa Kab Xok comentan que tan solo su presencia en el agua sirve para disuadir la pesca furtiva. Para Rivero, todo esto es «una manera de retribuirle al mar algo de lo mucho que nos ha dado.»
La apuesta por un santuario
En 2015, los conservacionistas encontraron un vacío legal que deja expuestos a los tiburones del Caribe. Según cuenta Luis Lombardo, aunque la norma pesquera mexicana, NOM-029-PESC-2006, prohíbe la pesca de tiburones a menos de cinco kilómetros de los arrecifes de coral, cuando se redactó aquella norma, se utilizó un mapa de exploración petrolera de 1970 en el que no aparece el Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM) –el arrecife más importante de América– y por eso no quedó incluido en la lista de arrecifes protegidos. “La petición formal para corregir el mapa fue entregada a autoridades federales y busca que el SAM quede incorporado en la norma, pero no es fácil modificar una regulación federal, pues se necesita el consenso de múltiples entidades. Si eso ocurre, se crearía de facto un corredor de protección a lo largo de toda la costa de Quintana Roo”, asegura Lombardo.
La propuesta del refugio aún se encuentra en proceso de formalización y depende de acuerdos institucionales para su reconocimiento y manejo a largo plazo, explica Lombardo. Otro desafío es la sostenibilidad financiera: hasta ahora varias de las actividades de monitoreo, capacitación y acompañamiento comunitario dependen en su mayoría de donaciones del sector privado, un financiamiento que podría no ser permanente. Además, un modelo económico basado únicamente en ecoturismo puede ser vulnerable a fluctuaciones por temporada. Rivero explica que los miembros de la cooperativa buscan adaptarse a las temporadas de avistamiento de otras especies de tiburones como el martillo y ballena, como lo hacen para la pesca de escama y langosta.
Raziel Rivero lo sabe mejor que nadie. «Esta es una isla de pescadores, aunque ya nos ganó la modernidad. Los tiempos van cambiando y hay que tratar de ir evolucionando junto con ellos. Como persona de Isla Mujeres, he visto cómo han ido cambiando las cosas. Me gustaría sentar un precedente para que el día de mañana todo esto siga lleno de vida y eso no implica que los pescadores dejen de pescar, sino que puedan combinar esa actividad con otras que también les permitan sostener a sus familias, que es lo más importante. Me emociona que nos recuerden por esto. Me emociona que el día de mañana esto se pueda replicar en otras partes de nuestro país y que sea un ejemplo de que cuando uno va cambiando acorde a los tiempos, siempre habrá espacio para seguir haciendo lo que hacía antes, pero de diferente manera.»
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