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El espejo del Mundial: entre la celebración y el desacuerdo | Por Mario Luis Fuentes

Las sociedades modernas, sin embargo, no pueden comprenderse mediante categorías binarias. Ni el consenso elimina el conflicto, ni el conflicto cancela toda posibilidad de integración.

  • Mario Luis Fuentes
13 Jun, 2026 19:13
El espejo del Mundial: entre la celebración y el desacuerdo | Por Mario Luis Fuentes

Por Mario Luis Fuentes.

Toda sociedad construye relatos acerca de sí misma. No existe comunidad política sin algún tipo de narración compartida que responda a preguntas elementales: quiénes somos, qué hemos logrado, cuáles son nuestros problemas y hacia dónde nos dirigimos. Sin embargo, en los momentos de mayor polarización, esas narrativas se convierten en trincheras desde las cuales se pretende monopolizar la verdad.

Desde esa perspectiva, la inauguración de la Copa Mundial de Futbol permitió observar con claridad una disputa que desde hace varios años se desarrolla en el espacio público mexicano. Por un lado, desde el gobierno se enfatizó la imagen de un país capaz de proyectar alegría, hospitalidad y orgullo nacional ante Miles de millones de espectadores en todo el mundo. La celebración fue presentada como evidencia de una nación vigorosa, reconocida internacionalmente y capaz de organizar eventos de escala global. Por el otro, las calles ofrecieron una imagen distinta: las movilizaciones de familiares de los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa, las demandas de las madres buscadoras, las protestas de organizaciones productivas y las acciones de presión y de provocación impulsadas por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación recordaron que bajo la superficie festiva persisten conflictos no resueltos, agravios acumulados y profundas inconformidades sociales.

Es un hecho que ambas narrativas contienen elementos de verdad. La dificultad se encuentra en que la lógica de la confrontación política obliga a presentarlas como realidades mutuamente excluyentes. Para unos, el país se encuentra en una trayectoria de éxito prácticamente incuestionable; para otros, la crisis es tan profunda que cualquier celebración constituye una forma de simulación y hasta de ofensa. Lo que desaparece entre ambas posiciones es precisamente la complejidad de lo real.

FOTO: ROGELIO MORALES /CUARTOSCURO.COM

Las sociedades modernas, sin embargo, no pueden comprenderse mediante categorías binarias. Ni el consenso elimina el conflicto, ni el conflicto cancela toda posibilidad de integración. Paul Ricoeur explicaba con claridad que las comunidades políticas viven siempre en una tensión permanente entre memoria y proyecto, entre las heridas que arrastran y las aspiraciones que las movilizan. México no es la excepción. Es simultáneamente el país que busca a más de cien mil personas desaparecidas y el país capaz de convocar a millones de ciudadanos alrededor de una experiencia lúdica compartida. Negar cualquiera de esas dimensiones implica empobrecer la comprensión de lo que somos.

Precisamente por ello resulta significativo el papel que el Mundial continúa desempeñando como acontecimiento social. Más allá de sus implicaciones económicas o mediáticas, el futbol sigue siendo uno de los pocos lenguajes capaces de generar experiencias colectivas de identificación. En sociedades como la nuestra, caracterizadas por la fragmentación de las identidades, la multiplicación de los conflictos y la erosión de los espacios comunes, el espectáculo deportivo conserva una capacidad singular para producir momentos de “sincronía emocional”. Durante algunas horas, millones de personas dirigen su atención hacia un mismo acontecimiento, comparten símbolos, emociones y expectativas.

No se trata, desde luego, de una cohesión profunda ni duradera. No pueden atribuirse al deporte capacidades redentoras que no posee. Sin embargo, tampoco debería minimizarse la importancia de esos momentos. Las sociedades requieren experiencias que les permitan reconocerse como parte de una totalidad más amplia que sus diferencias inmediatas. Incluso cuando esa experiencia sea efímera, revela que la posibilidad de la integración no ha desaparecido completamente.

El Mundial también ha permitido observar otra dimensión menos discutida: la persistencia de capacidades organizativas que con frecuencia pasan inadvertidas en el debate público. A pesar de retrasos, obras inconclusas, deficiencias de planeación y problemas de ejecución, México ha demostrado nuevamente que conserva recursos institucionales, técnicos y humanos suficientes para participar en la organización de un evento de enorme complejidad logística. Por ello, ante los discursos que oscilan entre el triunfalismo y el catastrofismo, este hecho merece una valoración equilibrada.

Las sociedades no son entidades o colectivos homogéneos que funcionan o fracasan de manera absoluta. Son entramados complejos en los que conviven fortalezas y debilidades, capacidades y limitaciones. La organización del Mundial confirma que el país mantiene importantes reservas de capital humano, experiencia administrativa e infraestructura. Pero también exhibe las dificultades que enfrenta para traducir esas capacidades excepcionales en mejoras permanentes para la vida cotidiana de la población y sobre todo, para comentar un nuevo curso de desarrollo que sintetice la pluralidad de visiones y proyectos que somos como país.

Es aquí donde aparece una de las paradojas más profundas del acontecimiento. Mientras el Mundial simboliza la integración global de México, también pone en evidencia las desigualdades que atraviesan la sociedad mexicana. La experiencia del evento no es la misma para todos. Para una minoría con elevados ingresos, el Mundial representa la posibilidad de asistir a los estadios, acceder a zonas preferentes y participar directamente en el espectáculo. Para la mayoría, la experiencia ocurre a través de pantallas ubicadas en hogares, plazas públicas o espacios comerciales. Y para quienes enfrentan mayores condiciones de precariedad, incluso el acceso a esas formas de participación resulta limitado.

No se trata simplemente de una diferencia de estilos de consumo. Lo que se expresa es una desigualdad más profunda relacionada con la distribución de oportunidades, recursos y formas de pertenencia. El Mundial funciona así como una metáfora de la estructura social mexicana: todos participan simbólicamente del mismo acontecimiento, pero no todos lo hacen desde la misma posición.
Por ello, quizá la lección más importante que deja este momento no se encuentra ni en la celebración oficial ni en la protesta social considerada aisladamente. Se encuentra en la necesidad de reconstruir espacios donde ambas dimensiones puedan reconocerse mutuamente. México requiere nuevas formas de diálogo público capaces de trascender la lógica de la descalificación permanente. No porque el conflicto pueda o deba desaparecer, sino porque ninguna sociedad puede sostenerse en el tiempo cuando pierde la capacidad de deliberar sobre aquello que es prioritario y que permite la inclusión de todas y todos.

La cohesión social no surge de la uniformidad ideológica ni de la imposición de una narrativa única, sino de la construcción de acuerdos mínimos acerca de aquello que merece ser preservado, transformado o corregido. En este sentido, el verdadero desafío nacional consiste en convertir la experiencia pasajera de una celebración compartida, en la posibilidad más duradera de una conversación colectiva creadora. Una conversación que reconozca simultáneamente los logros y las carencias, las capacidades y las heridas, la alegría y el dolor.

Investigador del PUED-UNAM

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